lunes, 22 de febrero de 2016

El verdadero amor

Siempre he creído que somos hechos en pareja desde nuestra creación, no recuerdo si lo leí de algún libro de hace muchos años, pero creo que fuimos creados de par en par, compartiendo un solo corazón, embonando perfectamente sólo con otra persona en todo el mundo, en toda la vida, que somos enviados a la tierra, y la mayoría de las veces no coincidimos en el mismo tiempo, ni espacio, ni tampoco logramos reencontrarnos con nuestra otra mitad de corazón. Unas ocasiones nos confundimos, creemos encontrarlo, verlo, amarlo, pero terminamos dándonos cuenta que no era, otras tantas ni lo intentamos, porque en el fondo del alma, sabemos que mientras el verdadero amor no aparezca, nadie nos parecerá perfecto ante nuestros ojos, ante nuestro ser más intimo, y preferimos estar solos, antes que comenzar algo que sabemos llegara pronto a su fin.

No todos tienen la dicha de encontrar a su otra mitad, es más, muy pocos son tan afortunados en este mundo y el otro, pero hoy les compartire de alguien que si lo logró. La conozco de toda la vida, ella es una mujer especial y complicada, llena de la natural calma del mar y la arrebatada tempestad de una tormenta, nació en una ciudad pequeña, tan pequeñita como ella, nació muy cerca del mar al que amó desde la primera vez que lo vio, en su infancia fue una niña callada, tímida, acostumbrada a que sus amiguitas la defendieran de los que intentaban causarle daño, temerosa de la oscuridad, de todo lo que no podía entender, romántica, mucho muy romántica, imaginando siempre como sería su príncipe azul, cada noche al mirar a la luna, le hablaba en silencio a ese príncipe, se preguntaba donde estaba, y el por qué no llegaba, no pocas veces desde su cama, a través de su ventana, terminaba por quedarse dormida pensando en él, en como sería.

Así pasaron algunos años, en los cuales ella se sentía un poco cansada de esperar, un poco sin ilusión, sintiendo que no era tan cierto lo que creía desde niña, que quizá era algo imposible lo que ella anhelaba en su vida, pero un día, hermoso por cierto, lleno de sol y canto de aves, con un suave y refrescante viento, ella escuchó un canto a lo lejos, y era un canto bello, tan dulce, tan delicado y sensible, tanto que caminó hacía el lugar de donde provenía, y ahí, en ese desierto de amor, en ese lugar tan vacío de realidad, estaba él, era él, tenía que serlo, lo reconoció enseguida, su más intimo ser se lo dijo y ella le creyó, era él a quién tanto había esperado, con quién había soñado cada noche, su verdadero amor, así que enseguida le llamó, y él respondió a su llamado, se miraron, se reconocieron, unieron sus manos y sus corazones.

Y ella hasta este día, sigue con él, a su lado, siendo feliz, siendo amada, siendo amante y amándolo.

el abrazo


miércoles, 17 de febrero de 2016

El beso eterno

La llamada añorada

Era muy de madrugada cuando la despertó el sonido del teléfono, era él, la llamaba para invitarla a cenar, ella aun adormilada sonrió emocionada y colgó.
Se quedó pensando en que vestido usaría, se imaginaba en uno y otro atuendo, y ninguno le era suficiente hermoso para esa cita esperada, esa cena especial con la que los dos habían soñado tanto tiempo, así siguió meditando en miles de cosas, cuando sin sentirlo, se quedó dormida.

Sonó la alarma matutina, sabía que tenía tanto por hacer, compras, sacar a caminar a su perro, desayunar, aunque no le apetecia tanto hacerlo, por fin se preparó un jugo de naranja con mandarina, le supo riquísimo, fresco, natural, como tanto le gustaba, subió las escaleras y se dispuso a bañarse, disfrutó tanto el agua caer refrescante por toda su piel, que no quería que terminara, luego salió de la bañera, secó su cuerpo, se vistió con unos pants y camiseta, sandalias, se hizo una coleta y salió de casa.

Camino a el supermercado, escuchaba música, sonreía al recordar la llamada en la madrugada, se sentía feliz, lo había conocido ya hace tiempo, hablaban cada día, se habían aprendido a conocer, se empezaron a amar, empezaron a hacer planes futuros, y por fin, esta noche era el día, el día en que sentiría la calidez de su piel, sabría el sabor de sus besos y sentiría la fortaleza de su abrazo, por fin había llegado la fecha fijada, la culminación de una relación llena de momentos dulces y no tanto, de paciencia, muchísima, de espera y de esperanza, de múltiples cosas, tan distintas y hasta contrarias entre sí, pero sobretodo de amor, del amor que cada uno contenía en su corazón, un corazón similar, mitad del otro seguramente, corazones llenos de poesía, de música y sensibilidad, de dulzura eterna, de pasión sin limite y de sueños soñados en noches solitarias de luna llena.

Ese día fue complicado y muy atareado, parecía que no tendría fin, pero como a las cinco de la tarde ya había terminado y por fin iba a casa, se relajaría, prepararía la tina, le pondría sales, esencia perfumada y entraría contenta de estar unos minutos en estado tranquilo y sin otra preocupación más que disfrutar esos instantes a solas con sus pensamientos. Puso las cuatro estaciones, no hace falta decir que él compartía con ella toda su música preferida, y a ella le encantaba todo lo que él le mostraba, todo lo que él le compartía, lo que escuchaban juntos. Ella cerró los ojos y comenzó a disfrutar la música, la saboreaba, la sentía, la vivía.

Salió apresurada de la bañera cuando terminó la melodía  recordándole que ya era hora de cambiarse, maquillarse, peinarse, vaya, todo lo que implica estar y sentirse hermosa para una cita romántica con el hombre que se había adueñado de su corazón desde la primera platica en aquella noche, llena de estrellas, y en especial, noche donde una pequeña estrella azul, brillaba llena de luz. Cuidó de cada detalle, sus colores favoritos, su perfume preferido, no olvidó nada, estaba lista para la cita y ya era hora de salir de casa e ir al bello restaurante que él había elegido.

La espera en el restaurante


En el lugar acordado, él estaba ansioso, esperándola, un poco nervioso, emocionado, tenía en su mano un ramillete de flores, las que sabía ella amaba, vestía un traje elegante, de un lindo color, el que más le gustaba, con su clásica barba, recién recortada, con una mirada llena de ilusión, de amor guardado, con un especial brillo, el brillo que sólo da el saber amar y saberse amado, apenas iba a sacar un cigarrillo cuando recordó que estaba prohibido fumar dentro del restaurante, y pensó que tenía que soportar la espera, sin ese distractor que tanto necesitaba en esos momentos.
De pronto, ella apareció, sonriendo y sonriente, vestía un hermoso vestido de gala rojo, de gasa que le caía delicadamente hasta los tobillos, resplandecía, bueno, eso le pareció a él, la amaba y mucho, recuerden eso. Se dirigió apresurado hacía ella, se paró a escasos centímetros, la miró a los ojos, le sonrió y le dio un abrazo que fue eterno, la verdad, no deseaba que terminara, por fin sentía la suavidad de su piel, por fin sabía el olor de su cercanía, acercó sus labios al oído de ella y suavemente le dijo: Te amo

Mientras cenaban, platicaron de tantas cosas, del viaje de él, de donde había tenido que dejar a su querido gato, que le preocupaba que estuviera bien, le platicaba de todo lo que tuvo que explicarle al taxista para que entendiera su manera de expresarse, el cual no entendía cuando él le pedía que lo dejara cinco manzanas adelante, hasta que por fin, supo que se refería a las cuadras, las que acá llamamos "cuadras", y rieron los dos de las confusiones que se pueden dar por el significado que cada país le da a las palabras, disfrutaban siempre tanto de reir, reían de todo y a la vez de nada, él también le compartió y mostró las bellas fotografías que tomó desde el avión, sabiendo que ella amaba los atardeceres. Ella le sonrió con ternura y pensó en todas las cosas que él hacía tan sólo porque a ella le gustaban, tan sólo por verla feliz y complacida, esos detalles y muchos más, habían sido el motivo del por qué ella lo amaba tanto, él era feliz haciéndola feliz, su entrega era total, sabía como acariciar la complicada alma de ella, la sabía equilibrar y sabía como tranquilizar facilmente su frágil corazón de niña y mujer.

Salieron del restaurante, y pararon frente al auto de ella, él la miró a los ojos, le habló en silencio, como sólo los verdaderos amantes pueden hacerlo, ella correspondió a cada palabra no dicha, a cada melodía no tocada, a cada verso no escrito, sus ojos brillaron de felicidad, él la tomó entre sus brazos y la besó muy suavemente, y en ese beso que duró una eternidad, él le entregó su corazón, su amor y su vida entera, y ella, ella supo con certeza que él era el hombre con quien había soñado desde niña, al  que escribía sin conocerlo, su otra mitad, el dueño de su poema... ♥

el beso
Pintura de Leonid Afremov