domingo, 21 de agosto de 2016

La ancianita de la amable sonrisa

Una mañana de hace ya muchos años decidí ir a un grupo de oración de la iglesia de San Juan Bosco. Estando sentada pude ver a una ancianita muy pequeña, menudita, como dirían acá, con un sentar encorvado, muy concentrada y alegre, me llamó la atención de múltiples formas: estaba en una banca sin personas a su lado, usaba un velo en su cabeza como muestra de respeto, oraba y cantaba con mucho entusiasmo, y sus manos, unas manos que demostraban los años de vida y de trabajo duro; deje de observarla y cerré mis ojos para comenzar a orar.
Al término del encuentro, las personas, que la mayoría era mujeres, se ponían a platicar un poco, platicaban de todo y de nada, y la ancianita sólo escuchaba y sonreía. Me acerque a ella y la saludé, le pregunté desde dónde venía y con una voz muy suave y con un tono muy bajo, me comenzó a platicar que vivía algo lejos de la iglesia, que tenía que tomar dos carros del transporte público y caminar -varias calles, cuadras o bloques, como le llaman en otros países- para llegar a la iglesia. Me compartía que aún así, con su caminar cansado y lento, con lo difícil que era pagar el pasaje del transporte, con la negatividad de parte de su esposo, ella ya tenía años yendo sin interrupciones a la oración ante el Santísimo.
Me dijo que ya tenía que irse y se despedía cuando le dije que yo la llevaría a su casa, me sonrió y me dio las gracias. En el camino a su casa me iba contando parte de su vida, de los hijos que olvidaban, de lo difícil que era el día a día.
Llegamos a su casa, la acompañé, pero no había casa, era sólo un humilde cuartito donde sólo había un mueble roto y viejo y una cama que compartía con su esposo. No alcance a ver nada más porque me invitó a tomar con ellos una taza de café y me dijo: venga acá enfrente donde cocinamos, enfrente era la calle, un vado que ellos usaban como cocina, donde tenían un anafre que alimentaban con leña, donde estaba una mesita de madera, dos sillas, y un mueble, todo a la intemperie, fue estrujante ver todo de lo que carecía y aún así, sólo alegría, amabilidad y sencillez brotaban de esa menudita mujer, tan rica en su humanidad, tan sabia y tanto que enseñar a todos los que nos quejamos por lo más mínimo. Me senté, tomé con ella el café, platicamos un poco y me despedí de ella con un abrazo y dejándole algo en su mano, un poco que pudiera ayudarla en su necesidad, pero no sin antes quedar en pasar la próxima semana, el día de la oración.
Así pasaron varios meses en los cuales compartí con ella un poco más, llegué a saludar a su esposo, pero siempre que la iba a dejar y me tomaba el cafecito con la ancianita, él se alejaba dejándonos solas. 
Así llegó la Navidad, época que para mí es muy hermosa. Recuerdo que la invité a pasar la noche buena en casa de mi mamá, y aceptó gustosa, pasé por ella por la tarde para irnos a misa y después nos fuimos con mi familia, donde hacíamos la tradición de acostar al niño Dios en el pesebre, rezar un rosario, arrullar al niño, cenar todos juntos, pegarle a la piñata, y recibir dulces, todo lo que cada año, en esa época, hacemos todos juntos, la ancianita la vi muy contenta, todos fueron muy amables con ella y siento que estuvo feliz y cómoda con nosotros. Al terminar la fiesta de noche buena, me la llevé a mi casa, donde durmió en una de las recámaras y al día siguiente, muy temprano se levantó, dobló la cobija en la cama y antes de que me pidiera que la llevara a su casa, desayunó con mi hijo y conmigo parte del recalentado de la noche anterior.
Muchos meses más pasaron y dejé de ir a ese grupo de oración, pero aún iba a visitar a la pequeña ancianita que había conocido ahí, aún platicaba con ella y a veces tomaba el café a su lado. Una de esas veces que fui a visitarla me dijeron que había ido a ver a un hijo que vivía fuera de la ciudad, que no sabían cuando regresaría. Ya no volví a saber de ella, no sé si se quedó a vivir con su hijo, no sé si regresó a su casita con su esposo, pero ya no volví a buscarla;  aún a veces la recuerdo, recuerdo su tierno rostro, sus manos ajadas por el duro trabajo y aparece la tristeza porque en el fondo de mi corazón siento que le quedé a deber muchísimo, siento que pude haber hecho más por ella, siento que todo lo que hice fue muy poco, que ella me dio millones de veces más a mí con su presencia en los días en que estuvo por momentos a mi lado, siento que sólo me di la vuelta y regresé a mi mundo, ese mundo donde mucho tiempo permanecí adormecida, solitaria, encerrada en mí misma, alejada de todos y alejando a todos. 

sábado, 6 de agosto de 2016

El niño en la playa

joaquin sorolla
                                                Obra: Saliendo del baño   Pintor: Joaquín Sorolla

 Era una mañana muy cálida, apenas salía el sol en la playa cuando el pequeño despertó, estaba solo, desconcertado, no sabía cómo había llegado ahí, no conocía el lugar, ni las personas que ya empezaban a correr por la orilla de la arena y que lo miraban de reojo con cierta curiosidad, pero sin detenerse a preguntarle si estaba bien.
Se limpio los ojos para ver mejor, se sentó un buen rato como sin saber qué hacer y comenzó a llorar, se sentía desolado, con mucho miedo, abandonado, triste.
Consuelo iba caminando por la playa como cada mañana lo hacía desde hace muchos años, contenta, sonriendo y saludando siempre a las personas que se encontraba durante su ejercicio matutino, pensó que sería un día como otro, rutinario, pero no, ese día fue diferente, lo vio llorando, por inercia siguió corriendo unos metros, cuando se detiene y da vuelta, camina hacía el pequeño y le pregunta: -- ¿Dónde están tus papás?. ¿Por qué lloras, pequeño?--
El niño la miraba asustado, no sabía que decir, él sólo deseaba estar con su mamá, al menos con la mujer que su memoria le traía a la mente en forma de imagen difuminada y que sentía sería la persona que lo podría amar y cuidar, pero a pesar de su miedo, se abrazó a Consuelo con fuerza, como aferrándose a la única persona que se había detenido a saber cómo estaba y cómo se sentía.
Consuelo lo tomó de la mano y caminaron hasta el auto de ella, le preguntó si tenía hambre y él dijo que sí, lo llevó a desayunar a un lugar cercano y observó como el pequeño devorada todo lo que le habían servido, le preguntó cómo se llamaba su mamá, su papá, dónde vivía, pero él no recordaba nada, a ella le enterneció la fragilidad de ese niño de ojos de mar y sonrisa llena de Sol. Pensó en llevarlo a la policía, pero conociendo como se manejaba el sistema, declinó de hacerlo y mejor se encaminó junto a él a su casa, su casa que había comprado con muchísimo esfuerzo no hace muchos años a la orilla de ese mar que amaba, llegaron y se la mostró al niño, que dijo llamarse: Diego, es lo único que recordó.
Ella que se dedicaba a pintar y a esculpir,  conocía a bastantes personas que imaginaba podían ayudarla a encontrar a la familia de Diego, pensó que en unos días, seguramente daría con el paradero de la familia del pequeño y también imaginaba que descubriría el misterio que estaba detrás de ese niño, solo, en una playa y sin poder recordar más que su nombre.
Así pasaron los días, donde nadie parecía saber nada de ese niño, nadie, pero durante ese tiempo, ella se iba encariñando más y más con Diego, y él no se diga, le decía, mamá y le pedía que ya no siguiera buscando a su familia, que él deseaba que no aparecieran, que ella era la única que deseaba como madre, que no quería que nadie los separara, ella al escucharlo, sólo sonreía y en el fondo de su corazón, deseaba lo mismo, deseaba que nadie los separara jamás.
Los años pasaron y Diego crecía en altura, y también en conocimientos y sentimientos, aprendió observando a Consuelo, a pintar, pintaba maravillosamente, se plasmaba en la pintura, en la belleza de imágenes que cobraban vida en su lienzo, amaba también escribir, poseía una sensibilidad enorme y se manifestaba en los hermosos poemas y cuentos que escribía, amaba la música, tocaba magistralmente el piano, se transformaba frente a él, parecía elevarse cuando interpretaba algunos de sus temas favoritos. Consuelo lo observaba orgullosa, feliz, y pidiendo al cielo, que nunca nadie pudiera romper ese bello corazón con tanto amor dentro.
Una tarde de Mayo, mientras Diego estaba en la playa, pintando una sublime atardecer, le llamó la atención una mujer que sentada observaba el dormir del Sol, era realmente bonita, dejó de pintar y la siguió mirando, ella se dio cuenta de ello y le sonrió, él supo en ese instante que ella sería la mujer con la que pasaría todo el resto de su vida y así fue.
Ellos se casaron meses después y compraron una casa a lado de la de Consuelo, él no quería estar lejos de su madre, a quien amaba profundamente, y aunque sólo los separaba un jardín, Consuelo nunca invadió la privacidad de su hijo, siempre respetó el espacio que como adulto, él merecía.
Nacieron los nietos, con ellos, nacieron también los cuidados de la abuela cuando era necesario, y a veces los pequeños pasaban las noches en casa de Consuelo, donde ella les enseñaba lo que del Arte, sabía, y donde ellos se dormían, escuchando de labios de la abuela, algún cuento, que ella misma creaba para ellos cada noche que dormían en sus brazos.
Consuelo nunca se había casado, nunca había encontrado el amor de pareja, nunca había sentido el amor de una mamá, pero desde que encontró a ese pequeño en la playa, había conocido el amor verdadero que sólo una  madre puede sentir por un hijo, y desde ese momento fue inmensamente feliz.
Un Verano en el cual su hijo había viajado junto con su familia para pasar unas semanas de vacaciones, ella se quedó en casa, no quiso acompañarlos, le dijo a su hijo que tenía una exposición que hacer, que era muy importante y que por esa única ocasión, ella no podría acompañarlos, pero la verdad es que no se había estado sintiendo bien, sabía que no sería buena compañía, que si se sentía peor, sus nietos dejarían de disfrutar de su viaje, así que prefirió permanecer en su pequeña casita, viendo y disfrutando de ese mar que tanto amaba.
Dos semanas después, llegaron Diego y su familia, felices  de tanto que habían disfrutado juntos en las vacaciones, pero extrañando mucho a Consuelo, así que lo primero que hicieron antes de entrar a su casa fue ir corriendo a casa de la abuela, gritaban eufóricos con regalos en las manos para ella, subieron hasta su recámara y se dieron cuenta que dormía, bueno, eso parecía, se veía tan hermosa y tranquila, tan en paz y sonriendo que sólo le dieron un beso y bajaron a contarle a su papá, cuando Diego los escuchó, sintió en su corazón que pasaba algo más, su mamá nunca tomaba siestas, ya que decía que dormir tanto sólo la alejaba de vivir y disfrutar cada segundo de la belleza que Dios, como un regalo, le ponía ante sus ojos, así que subió corriendo las escaleras y llegó hasta su madre y rompió a llorar al darse cuenta de lo que en realidad pasaba con ella.
Estaba aún desconsolado y llorando como no había pasado desde ese día en la playa en el cual su mamá lo había hallado, cuando se dio cuenta que había un lienzo en un caballete en la ventana donde su mamá le gustaba pintar, le llamó mucho la atención ya que él conocía toda su obra y ese cuadro se le hacía desconocido, camino hacía él pensando que quizá la distancia no había dejado oportunidad de reconocerlo, se dio cuenta que era el cuadro de una mujer con un niño en brazos, abrazándolo amorosa y tierna, cobijándolo con su chal, era su madre y él, en la playa, ella había plasmado en esa pintura ese primer encuentro donde unieron sus caminos, donde decidieron formar juntos una familia, esa sencilla mujer que hasta en su último suspiro pensaba en él, que le había entregado su vida, su amor y sus cuidados sin pedir nunca nada para ella, que le había enseñado todo lo que él sabía, que le había enseñado a vivir y a ser feliz,  no pudo contener la emoción y en su corazón empezaron a desfilar los recuerdos de esa tarde de Mayo,  ese hermoso momento, el momento en que volvió a nacer, en el momento que esa buena mujer lo hizo su hijo, el momento en que olvidó todo su doloroso pasado para poder aprender a ser feliz, el momento en que sus ojos llorosos vieron por primera vez el rostro que más amaría. 
Regresó junto a su madre, la abrazó y se acurrucó junto a ella como cuando era niño...

Los jardines que florecen

Hoy vi una película que me trajo tu imagen reflejada en el protagonista, y sonreí al recordarte, al pensarte y al lograr sentirte.
Nadie antes pudo llegar hasta donde tú has logrado tocar y cada vez te adentras más profundo en mí, tanto que no hay vuelta atrás, ya no se puede, es imposible.
Camino ya de tu mano, respiro tu aliento y palpo tu calidez en mi piel y mi ser, logro percibirte a mi lado, viendo la televisión, leyendo uno de los libros que me regalaste, escuchando algunos de los temas que me has dedicado, que me has enseñado a apreciar y a disfrutar.
Poco a poco he dejado de imaginar que sueño para darme cuenta que ya se ha llegado a una realidad, que sólo falta un pequeño paso para tocar el cielo con los dedos, permanecer ahí y seguir viviendo entre las nubes.
Mi último pensamiento vuela hacía ti como bellas mariposas en busca de su otra mitad, la flor; y al igual que ellas cuando se posan y descansan de su largo viaje, así me pasa contigo cuando escucho tu voz, tu cariño, tus cuidados y tu mirada, y por esos momentos me siento completa, complementada y plena.
Después, la despedida, que quizá para muchos suena a tristeza, pero para nosotros no significa eso, porque seguimos unidos en pensamiento, vivimos en el corazón del otro, nos alimentamos y nos hacemos más fuertes con cada latido que escuchamos en la morada que nos cobija.
Te has convertido en el motivo de mi poesía, mis intentos de plasmar en palabras, lo que florece dentro de mí, mis intentos de plasmar la belleza de los jardines que tu amor ha dibujado y tatuado en mi alma soñadora y enamorada. 
A veces algunas ortigas desean nacer entre tantas hermosas flores, pero nunca han logrado ensombrecer el maravilloso paisaje que pintas cada día, con cada momento e instante compartido a mi lado, con cada beso y caricia dados, con cada melodía y verso escuchado, con cada: me gustas, con cada: te quiero, con cada: te amo...