
Ellas son cuatro, siempre lo han sido y lo seguirán siendo
unidas por el mismo cordón invisible e indivisible
alimentadas con ternura por la misma diosa y madre
la misma bella matriarca, tan frágil y sensible
como lo puede ser un delicado colibrí, pero
llena de una fortaleza forjada en hierro candente,
que supo guiarlas, y acompañarlas
sembrando en ellas el amor por la familia
y el desinterés que existe en el dar.
Creciendo lentamente entre valores contradictorios,
teniendo a la mano el bien y el mal, lo bueno y lo malo.
La balanza en todo momento se inclinó para bien
porque estaban llenas del amor materno,
de esa dulzura y fineza hecha mujer.
Al crecer observando su generosidad, su paciencia y su humildad
decidiendo imitarla, seguirla, rindiendo tributo a su corazón,
tomadas las cuatro de la mano, siempre,
en todo momento apoyándose, escuchándose, aconsejándose,
siendo hermanas en el más amplio sentido de la palabra.
Ellas son cuatro:
A la mayor se le puede distinguir por su gran alma,
por su fortaleza, su grandeza, por su bondad y amabilidad.
Por convertirse para las demás en su segunda madre,
en la líder, la que en todo instante allanó el camino,
la que arropaba y defendía, la que cuidaba y protegía.
La segunda es aguerrida, independiente, a veces parece crítica,
pero encierra en ello su gran preocupación por los que ama,
llena de contradicciones, aparentando un fuerte carácter,
y escondiendo un poco su delicadeza de alma,
tan llena de sinceridad y honestidad.
La tercera es la más rebelde, siempre lo ha sido,
le gusta mostrar lo que piensa en todo momento.
Muy alegre, ama la música, y ama bailar,
la alegría siempre reflejada en su rostro,
amistosa, sociable y buena madre.
La menor es la más sensible, la más delicada
y la más fuerte, la pequeña.
En ella renació la belleza de corazón de su madre.
Una alma buena, de esas que poco existen,
ejemplar, llena de empatía, amabilidad, dándose siempre
a los demás sin esperar nada.
Las cuatro siguiendo sus propios caminos,
formando sus propias familias.
Cada una de ellas escribiendo en el libro de la vida
en su propio idioma y dialecto,
en su propio lenguaje y percepción del mundo.
Siendo muy diferentes entre sí,
pero manteniendo la misma raíz, y el mismo tronco,
del mismo maravilloso árbol del cual nacieron.