Era la tarde de un día hermoso y lluvioso cuando se dio cuenta que había recibido el más bello regalo de parte de Dios y que iba a transformar su vida para siempre. Iba a ser madre.
Pasaron los meses en los cuales aumentaba la esperanza, la ilusión, donde empezaba a tejer sueños al rededor de ese pequeño ser que crecía en su interior. Pensaba todo el tiempo en él, en cómo sería, a quién se parecería, cómo sería su sonrisa, su voz, su mirada.
Una noche le habló y le dijo: Me llamo, Pablo. Al despertar se sintió aún más feliz, sabía que tendría un hijo varón y sabía que le llamaría: Pablo. A partir de ese día le hablaba a cada momento por su nombre. El día que tuvo visita con su doctora y ella le preguntó si quería saber qué tendría, ella solo le respondió: Ya lo sé, tendré un niño, la doctora la miró asombrada y solo le contestó: Así es.
Llegó el día de su nacimiento y todo fue felicidad al sentir cerca de su corazón y su rostro a ese pequeñito, tan delicado, tan hermoso y lleno de ternura, el bebé lloraba, pero al sentir latir el corazón de su mamá y su voz llena de ternura, calló.
Así pasaron los años, y ese hijo tan amado seguía creciendo, en altura, en valores, en calidez, en ternura, y en bondad. Le enseñó tantas cosas a su madre, tantas. Ella a su lado aprendió a amar, aprendió a saber expresar ese amor, aprendió a tener paciencia, aprendió a perdonar y a perdonarse.
Llegó la adolescencia y también llegó la rebeldía, las preguntas difíciles, los silencios, las dudas, pero en ese joven la balanza siempre se inclinaba hacía la bondad, hacía la verdad y el amor.
Un día se dio cuenta que su madre tenía un enamorado que vivía a muy grande distancia, observaba como ella sonreía más, como volvía a ser feliz, como crecían en ella las ilusiones y las esperanzas, se dio cuenta que por primera vez ella estaba recibiendo el amor que merecía, se dio cuenta que por primera vez, ella era totalmente amada y por primera vez su corazón reconocía en ese otro ser a su otra mitad, esa que solo una vez en la vida se puede tener, esa que no todos tienen el privilegio de sentir.
La observó haciendo planes de una vida junto a ese buen hombre, pero guardando el tiempo necesario para que él madurara y terminara sus estudios, mientras pasaba esto, él mismo aprendió a querer a Manuel, aprendió a respetarlo y admirar la maravillosa alegría que siempre reflejaba a pesar de todas las circunstancias con las que él vivía, su gran fortaleza y su enorme amor a la vida.
Así pasaron varios años de felicidad hasta que una mañana de Abril, vio a su madre llorar inconsolablemente, la cual al verlo, se abrazó fuerte a él y lloró aun más dolida, diciéndole: Manuel ha muerto, él mismo sintió un fuerte dolor en el pecho y solo siguió abrazando y consolando a su mamá.
Tuvo que pasar bastante tiempo para poder saberla resignada, saberla feliz y agradecida por haberlo conocido, por haberlo vivido aunque hubieran sido solo algunos años de su vida, agradecida por haberlo amado y por haber sido amada por él. Todo el tiempo lo recuerda, pero ya no con dolor, sino con nostalgia, con alegría, ve sus fotos, sus videos, sus regalos, sus poemas, sus pinturas, el olor que plasmó en un libro que habla de esa pequeña ciudad donde fueron felices y que algunas noches, saca de la mesita que está a un lado de su cama solo para aspirar ese aroma que la transporta a los brazos de su amado.
Actualmente ella vive junto a su hijo, el cual se ha convertido en el más maravilloso joven que pudiera llegar a ser. El respeta y ama a su madre y se sabe amado, respetado y admirado por ella. Cada día comparten juntos gran parte del tiempo, sonríen divertidos por las ocurrencias de cada uno, a veces también tienen pequeñas discusiones por tonterías, pero rápidamente logran volver a la paz cuando uno de los dos ofrece disculpas. Ella observa feliz los pequeños y bellos gestos que se asoman en el carácter de su hijo y agradece en todo momento por las hermosas pinceladas que logra percibir en ese majestuoso lienzo en el que se está transformando.
Ella se siente bendecida viendo como su hijo camina a convertirse en un buen hombre, de buenos sentimientos y buenos valores, ella le ha enseñado a respetar y valorar a todo ser, le ha enseñado que todo ser vale por igual, le ha enseñado a guiarse siempre por la verdad y la honestidad, por la humildad y sencillez. Ella pide a Dios que un día le conceda a su hijo conocer el verdadero amor, que llegue a su vida una buena mujer, una buena pareja a quien él ame y respete y quien a él ame y respete, también le pide a Dios le regale a su hijo, un buen amigo, una buena amiga, quien lo apoye en todo momento y a quien él apoye en todo momento y también le pide siempre a papá Dios que le conceda a ella, salud y vida hasta lograr ver encaminado en la vida a su hijo, hasta que lo vea completamente feliz, acompañado del amor de su vida. Le suplica a Dios que le permita vivir hasta ver esa realidad con sus ojos.
Su hijo ha sido el primer amor de su vida, el amor más generoso, más desinteresado, el amor más lleno de entrega, el amor más verdadero, el amor sin un dejo de egoísmo, el amor que no espera nada a cambio, el amor que solo una madre puede sentir por su hijo. Ese hijo siempre ha sido el mayor orgullos en la vida de Fabiola, el tejedor de sus más grandes sonrisas, el pintor de sus más tiernas miradas, la tinta de sus más hermosos poemas, el dibujante de sus más asombrosos arco iris, el compañero de la mayor parte de su vida.
Su Querido hijo. Su amado y dulce Juan Pablo...


