Ella soñaba con esa isla perdida
en ese gran océano
que los dividía,
que los separaba.
Imaginaba momentos,
junto a él,
sentados en la arena,
siendo tocados por el agua salada,
tomados de la mano,
susurrando deseos,
brotando el erotismo,
provocando una caricia
dibujada en la piel,
en su lienzo desnudo,
combinando mareas.
Y esas ramas infinitas
deslizándose por sus cimientos,
por sus pilares, sus columnas,
hechos de barro y caracoles.
Incitando y logrando
que escape una suave aria
desde sus labios,
desde sus entrañas,
sabiéndose allanada y reclamada.
La marea crece
aún más, mucho más,
el Sol sigue apagándose
en el horizonte,
ellos no se detienen
ni en ese momento,
trazan surcos diminutos
sobre ese húmedo suelo,
y respiran ese viento marino
que los alimenta, que los nutre,
entonces se abrazan, se funden,
arden al unísono.
El agua los termina arropando
y en su lienzo
se dibuja la blanca espuma,
florecen los corales,
las estrellas marinas
crecen en sus manos,
sus cuerpos
se cubren de flores,
de algas, de caracolas,
los baña la luz,
y el calor
logra abrir la semilla
que dará la vida,
y nace un hermoso arrecife,
lleno de colores,
de existencia infinita.
Y cuenta la gente de ese lugar,
que cuando baja la marea
el arrecife se desnuda,
los muestra, los expone
y solo en ese momento
podrás verlos,
podrás ver sus figuras
ahí, sobre la arena,
abrazados, fundidos,
bañados de mar.
Ellas son cuatro, siempre lo han sido y lo seguirán siendo
unidas por el mismo cordón invisible e indivisible
alimentadas con ternura por la misma diosa y madre
la misma bella matriarca, tan frágil y sensible
como lo puede ser un delicado colibrí, pero
llena de una fortaleza forjada en hierro candente,
que supo guiarlas, y acompañarlas
sembrando en ellas el amor por la familia
y el desinterés que existe en el dar.
Creciendo lentamente entre valores contradictorios,
teniendo a la mano el bien y el mal, lo bueno y lo malo.
La balanza en todo momento se inclinó para bien
porque estaban llenas del amor materno,
de esa dulzura y fineza hecha mujer.
Al crecer observando su generosidad, su paciencia y su humildad
decidiendo imitarla, seguirla, rindiendo tributo a su corazón,
tomadas las cuatro de la mano, siempre,
en todo momento apoyándose, escuchándose, aconsejándose,
siendo hermanas en el más amplio sentido de la palabra.
Ellas son cuatro:
A la mayor se le puede distinguir por su gran alma,
por su fortaleza, su grandeza, por su bondad y amabilidad.
Por convertirse para las demás en su segunda madre,
en la líder, la que en todo instante allanó el camino,
la que arropaba y defendía, la que cuidaba y protegía.
La segunda es aguerrida, independiente, a veces parece crítica,
pero encierra en ello su gran preocupación por los que ama,
llena de contradicciones, aparentando un fuerte carácter,
y escondiendo un poco su delicadeza de alma,
tan llena de sinceridad y honestidad.
La tercera es la más rebelde, siempre lo ha sido,
le gusta mostrar lo que piensa en todo momento.
Muy alegre, ama la música, y ama bailar,
la alegría siempre reflejada en su rostro,
amistosa, sociable y buena madre.
La menor es la más sensible, la más delicada
y la más fuerte, la pequeña.
En ella renació la belleza de corazón de su madre.
Una alma buena, de esas que poco existen,
ejemplar, llena de empatía, amabilidad, dándose siempre
a los demás sin esperar nada.
Las cuatro siguiendo sus propios caminos,
formando sus propias familias.
Cada una de ellas escribiendo en el libro de la vida
en su propio idioma y dialecto,
en su propio lenguaje y percepción del mundo.
Siendo muy diferentes entre sí,
pero manteniendo la misma raíz, y el mismo tronco,
del mismo maravilloso árbol del cual nacieron.