Era ya muy tarde ese día, había llovido toda la mañana y la humedad aún se palpaba, la brisa fresca soplaba y llenaba de recuerdos y melancolía su memoria, era de esperarse, creía haber olvidado toda esa historia de amor devaluado, de abusos de toda índole, de ausencias y de indiferencia, pero no era así, aún su memoria se negaba a olvidar. Nunca la había valorado, nunca la había respetado ni amado, solo había sido prácticamente la incubadora de sus dos hijos varones que ahora ya eran hombres adultos y cada uno con una vida hecha y al menos con una aparente felicidad, la cual, ella nunca había podido sentirla antes de esa tarde, porque esa tarde sucedió algo diferente a todo lo que había experimentado, esa tarde caminando por la playa, viendo y respirando el mar que tanto amaba, lo conoció. Estaba solitario, abandonado, con una mirada muy triste, creo que la más triste que ella había visto, estaba sediento, hambriento, sin fuerza, suplicando sin palabras, que lo ayudara, que no siguiera caminando como si no lo hubiera visto.
Ella se detuvo, le sonrió, lo ayudó llevándolo a casa, le dio de comer, de beber, le dio un lugar donde dormir, donde recuperar las fuerzas, él la miraba agradecido, deseaba abrazarla, besarla, decirle que era la mujer más bella y buena del mundo, pero no dijo nada, no pudo hacerlo, se quedo dormido y así fue por muchos días.
Con el paso del tiempo, fue recuperando las fuerzas y se dio cuenta que esa mujer era un ángel, un ser tan hermoso y bueno, alguien que estaba regalándole su cariño, sus cuidados, su tiempo, estaba tan feliz de conocerla, no podía dejar de sonreír, de intentar poder demostrarle todo lo que ya empezaba a nacer dentro de su corazón, que ella había entrado directamente y que ya no iba a poder sacarla de ahí.
Con el paso del tiempo, fue recuperando las fuerzas y se dio cuenta que esa mujer era un ángel, un ser tan hermoso y bueno, alguien que estaba regalándole su cariño, sus cuidados, su tiempo, estaba tan feliz de conocerla, no podía dejar de sonreír, de intentar poder demostrarle todo lo que ya empezaba a nacer dentro de su corazón, que ella había entrado directamente y que ya no iba a poder sacarla de ahí.
Ella se encariño con él, bueno, fue mucho más que eso, se enamoro, ya no podía abandonarlo, se había ganado su corazón y se había ganado su amor, se hicieron inseparables, caminaban todos los días por la playa, desayunaban juntos, comían juntos, dormían juntos, y así pasaron los años, muchos diría yo, y ella conoció el amor verdadero en él, por fin supo lo que era amar y ser amada, por fin supo qué significaba la fidelidad total hacia ella, así lo sentía, y era feliz, y sonreía, por fin había encontrado su media naranja, su alma gemela, su otra mitad, su compañero.
Estaban muy contentos de pertenecer al otro de forma total, nadie más existía, sólo ellos dos, la música que amaban escuchar juntos, el mar que les cantaba melodías de amor y las tardes de película, recostados en el sofá, acurrucados y comiendo palomitas.
Estaban muy contentos de pertenecer al otro de forma total, nadie más existía, sólo ellos dos, la música que amaban escuchar juntos, el mar que les cantaba melodías de amor y las tardes de película, recostados en el sofá, acurrucados y comiendo palomitas.
Pero esta historia tenía un final muy próximo. Una mañana, él no estaba a su lado cuando ella despertó, le buscó por toda la casa, salió corriendo a buscarlo por la playa, pero todo fue inútil, había desaparecido tan abruptamente como ese día que apareció de la misma forma, sin esperarlo, tomándola desprevenida. Pasaron varios días los cuales, ella aún guardaba esperanza de que regresara, de verle entrar por la puerta, alegre, ladrando, moviendo la cola, lamiendo su cara, demostrándole de esa forma, cuanto la amaba, pero ese día nunca llegó, aunque dicen por ahí, los que la conocían, que ella nunca dejó de esperarlo, que ella nunca volvió a mirar a otro en la playa, dicen que nunca más volvió a sonreír, que todo el tiempo caminando por la arena, se le podía escuchar gritar su nombre con la ilusión de que la escuchara: Bruno!