La lluvia caía sobre sus cuerpos ardientes,
los mojaba, los seducía,
les mostraba otros sabores,
otras sensaciones y olores,
les evocaba momentos placenteros
los incitaba a más,
lograba que volara libremente,
la imaginación y la fantasía,
y los obligaba a que plasmaran
en ese momento,
todo lo que alguna vez
desearon y anhelaron del otro.
No había límites ni restricciones,
ni prohibiciones que los detuvieran,
no había reserva, ni timidez
ni censura que lograra
apagar el fuego,
no había distancia ni frontera,
ni lejanía que los separara,
sólo existían ellos,
ellos y su amor infinito,
su deseo inextinguible,
y la lluvia
la lluvia que los mojaba
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