miércoles, 6 de abril de 2016

Un maravilloso despertar

Despertó muy temprano por la mañana, cada día le costaba mucho dejar la cama y empezar las labores, le pesaban ya los años, había acumulado tiempo, experiencias, momentos, alegrías, tristezas, era feliz, en realidad lo había sido toda su vida, había conocido al amor verdadero, su hijo, y su alma gemela, su esposo, lo había encontrado sin buscarlo, cuando menos lo esperaba y cuando más lo necesitaba. Creo que desde el primer "hola", se hicieron inseparables, compartiendo todo, él doblegando su resistencia natural, ella entregándolo todo.
Tenían ya cinco años que se habían mudado a la residencia para ancianos, había sido una difícil decisión, amaban su hogar, sus platicas en soledad, sus dulces caricias traviesas, sus tardes de películas y documentales, escuchar juntos música, disfrutarla, él de repente sorprendiéndola, bailando, moviendo los brazos, el cuerpo, haciendo gestos, buscando y siempre encontrando la risa de ella, la risa que tanto amaba y que lo hacía sentirse más feliz cada día.

Se habían conocido hace ya muchísimos años, siendo maduros, tarde para algunos, para ellos, el tiempo perfecto para amarse y ser amados, para realizar juntos todos los sueños soñados con ojos despiertos y bastante más, les encantaba cocinar para el otro, amaban leer el mismo libro al mismo tiempo, compartir al otro lo que les producía la lectura, amaban tomar fotografías, revelarlas, editarlas, amaban salir de paseo, disfrutar los amaneceres, atardeceres y sentir el fresco viento sobre sus rostros, a veces iban a alguna linda cafetería y merendaban mientras él le platicaba alguna bella historia o le recitaba algún hermoso poema, luego se iban a casa, donde terminaban el día en el sofá de la sala, abrazados, diciéndose lo mucho que se querían, dándose suaves besos, para quedarse dormidos, sintiendo el respirar del otro, nada los perturbaba, ni nada les hacía falta, todo se había dado como en una exquisita melodía, suave, lento, firme, desde que se conocieron y hasta que pudieron estar totalmente unidos.

Cada mañana, ella le preparaba el desayuno cuando él aun dormía, le gustaba observarlo abrir los ojos aun adormilado, mientras ella se cambiaba y juntaba los ingredientes para deleitarlo con alguno de sus platillos favoritos, sabía que él estaría saboreándose desde antes de comerlos y que desde lejos le diría sin voz, "te amo", sabiendo que así le robaría la primera sonrisa del día, ella caminaría hasta él y le daría un beso, le diría al oído, _ También yo te amo, y tomándolo de la mano, lo conduciría al comedor y así empezaría la maravillosa aventura que siempre traía consigo cada instante compartido.
Era Viernes, y tenían planeado ir juntos a un lindo día de campo, a la orilla de un lago, tan inmenso que parecía mar, tan azul y tan cálidas sus aguas, les fascinaba ir ahí al menos una vez al mes, ese día, ella preparo una rica comida para degustarla por la tarde, un delicioso vino tinto, y fruta de la temporada, también llevaban las cámaras, los libros, y algo de música, aunque a veces se les olvidaba ponerla, ya que se quedaban embelesados con la melodía natural que siempre sonaba en el entorno, tan delicada y maravillosa, tanto o más que cualquiera de sus artistas consentidos del barroco, esa tarde fue aun más especial y sorprendente, empezó normal, como una de las tantas veces que habían estado ahí, pero existía en el ambiente algo diferente, por un momento los dos se quedaron en silencio, se vieron, luego levantaron la mirada como buscando algo, no imagenes, sino sonidos, un sonido que ellos reconocían apenas lo percibían, un sonido que los maravillaba cada vez que lograban escucharlo, cerraron los ojos, sonrieron levemente y al mismo tiempo los abrieron dirigiendo la vista al mismo lugar, un majestuoso árbol, con un tronco enorme que daba fe de los muchos años de existencia, con unas ramas gigantescas, que como brazos sin fin, se extendían hasta casi el infinito de sus ojos, tan verde y lleno de vida, testigo de múltiples escenas de amor, bajo sus alas brillantes y acogedoras. Ahí estaba ese pajarillo, tan humilde en su vestimenta, de un gris sin destellos, ni tornasoles, pequeño, tan pequeño que parecía desaparecer ante sus ojos, pero con un canto que parecía provenir del cielo, un canto que emocionaba el corazón, que lo enternecía y lograba estremecer.
Se recostaron en la manta para gozar de tal deleite, para gozar de tan sublime regalo, se abrazaron y así permanecieron hasta que ceso la sinfonía, después dormitaron un poco y volviendo a casa, platicaron de tan sorprendente espectáculo, tan inesperado en esa temporada del año, de lo mucho que tenían por agradecer, por tanta felicidad, por la vida.

Una noche que parecía tranquila, ella despertó sobresaltada por un mal sueño, deseo pararse de la cama e ir al baño a echarse agua en la cara, pero no pudo, tenía un dolor lacerante en la espalda que no la dejaba moverse, le despertó a él, sabía que había algo mal y asustada le pidió que llamara al hospital, pronto llegó una ambulancia y se la llevó, le hicieron estudios y el doctor les dijo que iba a tener que operar, que era urgente hacerlo, ellos se tomaron de la mano y le dijeron al medico que lo hiciera, muy temprano del día siguiente fue intervenida, siendo exitosa la operación y al cabo de cinco días, fue llevada a su casa donde continuó su rehabilitación, así paso un mes hasta que logró con la ayuda siempre de él, volver a la normalidad y realizar todo lo que ella estaba acostumbrada a hacer, pero esa difícil etapa fue decisiva para que dejaran su adorada casa y se fueran a vivir a la residencia otoñal, la cual, ya ellos sabían, que un día se mudarían.
Fueron momentos de todos los tonos azules, tenían que elegir llevarse consigo, sólo algunas pocas cosas de las muchas que les pertenecía y que los hacían ser más felices, pero había que hacerlo y así, un mediodía de un Sábado, ellos llegaron a ese lugar, los recibieron muy amablemente, sus compañeros eran también muy educados y sociables, los arroparon enseguida y los hicieron sentirse como en casa, pero aún así tardaron en adaptarse; y poder cambiar, todo lo que antes dibujaba sus sonrisas, por nuevas experiencias y sensaciones, les costó mucho trabajo y algunas lágrimas en ella, aunque la ternura de él, siempre terminaba por secarlas rápidamente.
Así pasó el tiempo en ese lugar, cada día se adaptaban más y sonreían lo suficiente para seguir siendo felices, tenían un horario de actividades, tenían un gran patio, con un pasto verde y hermoso, con una laguna al final de la propiedad donde podían sentarse y observar los atardeceres en silencio, tenían tardes de películas y música, platicaban con otros de sus vivencias, él les contaba chistes y todos terminaban riendo de las ocurrencias excepcionales de tan jovial señor, participaban de bailes invernales, de tardes de lotería, de interesantes conferencias, de viajes a otra ciudad, a museos, a parques y reservas ecológicas, pero al final, siempre terminaban añorando su libertad, esa sensación de volar por encima de las nubes, de transportarse por momentos hasta el infinito de las estrellas de una noche despejada, añoraban su hogar, su intimidad solitaria, su complicidad traviesa y sus despertares, sus te amo sin voz y los deliciosos almuerzos por ella cocinados. 

Él percibía una tristeza cada vez mayor en la mirada de ella, una sonrisa cada vez menos dibujada, un silencio cada vez mayor entre ambos, eso le dolía mucho, no podía permitir que aumentara y recordando la promesa que una vez le hizo, de hacerla feliz por siempre y de dibujar sus sonrisas eternamente, la tomó de la mano y le dijo: _ Hoy mismo nos regresamos a nuestra casa. Ella no sabía que decirle, y sólo sonrió como hace mucho no lo hacía, como hace mucho no recordaba y al verla, él supo que era lo mejor que podía hacer por esa mujer, la mujer que amaba y que lo amaba, se despidieron de todos, los demás viejitos les aplaudían al irse, quizá con la admiración de ver la valentía de dos ancianos enamorados de su amor y de la vida, quizá con cierto deseo escondido de ser ellos los que en ese momento veían partir, con la alegría pura que se siente al observar la felicidad en los otros.
Llegaron a su hogar, estaba algo empolvado, pero ahí estaban todos sus tesoros, intactos, esperándolos para recobrar la vida, para volver a tener un motivo para existir, tardaron unos días en que todo luciera como hace años, y cada noche terminaban agotados, por el esfuerzo y por la edad, pero alegres de disfrutarse mutuamente como antaño, de volver a reír de las ocurrencias del otro, de los paseos cada vez más esporádicos al lago del enorme árbol, felices de volver a compartir los desayunos, las miradas adormiladas, los besos furtivos, las tardes de película, abrazados en su sofá, de compartir el todo, de compartirlo de nuevo, todo.
 Así, pasaron unos años más de altas y bajas en la salud, de achaques, de dolencias, de doctores, medicinas, pero también de amor, sensaciones, emociones, ternura, pasión, disfrute, gozo, tranquilidad y paz, también de hacer realidad un viaje muchas veces soñado y planeado, viajando en góndola bajo la luz de las estrellas, con su música preferida y tomando una copa de vino, dándose dulces y cálidos besos y terminar dormidos en el más bello hotel de esa romántica ciudad.

Una mañana de Primavera, ella le pidió ir a su lago, si; ese que parecía mar de lo inmenso, su refugio, su lugar sagrado y privado, él la complació como siempre lo hacía, prepararon una canasta con ricos bocadillos y fruta y su vino tinto, el preferido de ambos, llegaron como al mediodía, pusieron la manta en el césped y se sentaron, observaban el lugar, tan hermoso como siempre, comieron, brindaron por su amor. Él comenzo a leer "Marianela", luego le leyó algunos cuentos, algunos poemas, y dejando al final lo mejor, uno de sus libros publicados, el favorito de ella, después se recostaron boca arriba, viendo al cielo azul que estaba lleno de blancas nubes, se tomaron de la mano, estaban relajándose cuando de repente, escucharon su maravilloso canto y sonrieron, ya no buscaron al ave que producía tan esplendoroso cantar, sólo cerraron sus ojos y se dejaron llevar por la sensación de la cadencia de las notas que provenían de ese humilde pajarillo, quedando dormidos, así estuvieron por mucho tiempo, abrieron los ojos, y despertaron, más vivos y felices que nunca, se dieron cuenta que su manta estaba en el suelo, llena de hojas rojas y doradas, símbolo de un grandioso Otoño. Él se asomó al lago, se miró, y se dio cuenta que había cambiado, ya no vio su rostro lleno de lineas surcadas profundamente, ni su cabello del color de la más pura nieve, ni vestía su ropa casual que especialmente había elegido para esa ocasión, ahora veía un señorial árbol de enorme tronco infinito, con brazos que no tenían fin, era él, y ahora vestía de hojas rojas y doradas, tenía una altura que lograba tocar las nubes y su cuerpo se mecía al vaivén del viento, pero y ella?, dónde estaba su amada esposa?. Comenzaba a buscarla cuando escuchó la más sublime y hermosa armonía, esa que amaban disfrutar juntos, y se dio cuenta que ahí estaba ella, posada en una de sus ramas, pequeñita, muy pequeñita, vestida con un humilde atuendo, hecho de plumas grises, era ella, su compañera, su eterna novia, se miraron, él le dijo sin voz: -- Te amo, ella comenzo a cantar, le cantaba, le cantaba una dulce sinfonía de amor que sólo él escuchaba. 

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