Una mañana de hace ya muchos años decidí ir a un grupo de oración de la iglesia de San Juan Bosco. Estando sentada pude ver a una ancianita muy pequeña, menudita, como dirían acá, con un sentar encorvado, muy concentrada y alegre, me llamó la atención de múltiples formas: estaba en una banca sin personas a su lado, usaba un velo en su cabeza como muestra de respeto, oraba y cantaba con mucho entusiasmo, y sus manos, unas manos que demostraban los años de vida y de trabajo duro; deje de observarla y cerré mis ojos para comenzar a orar.
Al término del encuentro, las personas, que la mayoría era mujeres, se ponían a platicar un poco, platicaban de todo y de nada, y la ancianita sólo escuchaba y sonreía. Me acerque a ella y la saludé, le pregunté desde dónde venía y con una voz muy suave y con un tono muy bajo, me comenzó a platicar que vivía algo lejos de la iglesia, que tenía que tomar dos carros del transporte público y caminar -varias calles, cuadras o bloques, como le llaman en otros países- para llegar a la iglesia. Me compartía que aún así, con su caminar cansado y lento, con lo difícil que era pagar el pasaje del transporte, con la negatividad de parte de su esposo, ella ya tenía años yendo sin interrupciones a la oración ante el Santísimo.
Me dijo que ya tenía que irse y se despedía cuando le dije que yo la llevaría a su casa, me sonrió y me dio las gracias. En el camino a su casa me iba contando parte de su vida, de los hijos que olvidaban, de lo difícil que era el día a día.
Llegamos a su casa, la acompañé, pero no había casa, era sólo un humilde cuartito donde sólo había un mueble roto y viejo y una cama que compartía con su esposo. No alcance a ver nada más porque me invitó a tomar con ellos una taza de café y me dijo: venga acá enfrente donde cocinamos, enfrente era la calle, un vado que ellos usaban como cocina, donde tenían un anafre que alimentaban con leña, donde estaba una mesita de madera, dos sillas, y un mueble, todo a la intemperie, fue estrujante ver todo de lo que carecía y aún así, sólo alegría, amabilidad y sencillez brotaban de esa menudita mujer, tan rica en su humanidad, tan sabia y tanto que enseñar a todos los que nos quejamos por lo más mínimo. Me senté, tomé con ella el café, platicamos un poco y me despedí de ella con un abrazo y dejándole algo en su mano, un poco que pudiera ayudarla en su necesidad, pero no sin antes quedar en pasar la próxima semana, el día de la oración.
Así pasaron varios meses en los cuales compartí con ella un poco más, llegué a saludar a su esposo, pero siempre que la iba a dejar y me tomaba el cafecito con la ancianita, él se alejaba dejándonos solas.
Así llegó la Navidad, época que para mí es muy hermosa. Recuerdo que la invité a pasar la noche buena en casa de mi mamá, y aceptó gustosa, pasé por ella por la tarde para irnos a misa y después nos fuimos con mi familia, donde hacíamos la tradición de acostar al niño Dios en el pesebre, rezar un rosario, arrullar al niño, cenar todos juntos, pegarle a la piñata, y recibir dulces, todo lo que cada año, en esa época, hacemos todos juntos, la ancianita la vi muy contenta, todos fueron muy amables con ella y siento que estuvo feliz y cómoda con nosotros. Al terminar la fiesta de noche buena, me la llevé a mi casa, donde durmió en una de las recámaras y al día siguiente, muy temprano se levantó, dobló la cobija en la cama y antes de que me pidiera que la llevara a su casa, desayunó con mi hijo y conmigo parte del recalentado de la noche anterior.
Muchos meses más pasaron y dejé de ir a ese grupo de oración, pero aún iba a visitar a la pequeña ancianita que había conocido ahí, aún platicaba con ella y a veces tomaba el café a su lado. Una de esas veces que fui a visitarla me dijeron que había ido a ver a un hijo que vivía fuera de la ciudad, que no sabían cuando regresaría. Ya no volví a saber de ella, no sé si se quedó a vivir con su hijo, no sé si regresó a su casita con su esposo, pero ya no volví a buscarla; aún a veces la recuerdo, recuerdo su tierno rostro, sus manos ajadas por el duro trabajo y aparece la tristeza porque en el fondo de mi corazón siento que le quedé a deber muchísimo, siento que pude haber hecho más por ella, siento que todo lo que hice fue muy poco, que ella me dio millones de veces más a mí con su presencia en los días en que estuvo por momentos a mi lado, siento que sólo me di la vuelta y regresé a mi mundo, ese mundo donde mucho tiempo permanecí adormecida, solitaria, encerrada en mí misma, alejada de todos y alejando a todos.
Realmente precioso, mi cielo. Entrañables y bellos recuerdos que me hablan de la estupenda persona que eres. Te quiero.
ResponderEliminarAinsss, mi amor. Tu bello corazón da luz a las palabras que siempre me regalas con mucho cariño. También te quiero ♥
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